Vuelven las “negritas”

Negrita

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Disfraces, máscaras, fiestas, bailes, risas, vacaciones… ¡Llegó el Carnaval! Un año más los zulianos dan la bienvenida a esta celebración que trajeron a Venezuela los españoles en 1498. Desde entonces, las celebraciones y los disfraces han ido variando al ritmo de los tiempos: desde el traje de negrita o de viejo del siglo XIX, pasando por el de María Antonieta o Lucrecia Borgia, en los años 50 y 60, hasta la moderna Stephany, de la serie de televisión para adolescentes, Lazytown.
Los carnavales se celebran desde hoy y hasta el martes 23. Los historiadores lamentan que la ilusión por estas fiestas populares se haya perdido. “La gente antes se disfrazaba de noche y de día, había caramelos y serpentinas por todas partes, los grandes clubes hacían sus fiestas y carrozas…era un caos de risas, juegos y máscaras”, explica Iván José Salazar, miembro de la Academia de la Historia de Zulia, quien indica que ahora la gente prefiere viajar a la playa o la montaña.
A España, la tradición carnavalesca le llegó con la lengua latina. “Fue el Imperio Romano el que asignó unos días de dispersión y fiesta en honor al Dios Saturno (la Saturnalia) antes de la Cuaresma cristiana, que exigía devoción y sacrificio. Eran unos días de escapismo antes de encerrarse en casa”, explica el historiador Kurt Nagel.
En los siglos XVII y XVIII se siguió celebrando la fiesta, pero fue a principios del siglo XX cuando se alcanzó la cúspide del entusiasmo en el estado. “En 1927, durante la época de Vicencio Pérez Soto, hasta los gobernadores salían en sus carros y tiraban caramelos a la gente”, cuenta Orlando Arrieta, miembro también de la Academia de la Historia. Los carros habían llegado a Maracaibo en 1920. Fue entonces cuando comenzaron a organizarse desfiles por las avenidas y los clubes sociales se pusieron de moda. Kurt Nagel recuerda que se bailaban guarachas, mambos y boleros hasta el amanecer. Algunas fiestas eran fastuosas. En 1928, el presidente del Estado regaló un huevo de esmeralda a la reina del Carnaval.
El escape de las “negritas”
En los años 40, la mayor rebeldía de una joven, y también de algunos jóvenes, era convertirse en “negrita” por unos días. El traje consistía en una careta negra, con un vestido oscuro hasta los pies y muchos collares. El historiador Iván José Salazar resalta que para la época se vivía un tiempo de opresión, falta de libertad y represión con la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, por lo que el anonimato que proporcionaba la tela negra permitía unas horas de libertad absoluta: “Aprovechaban para bailar un bolero pegadito con un muchacho, bien sabroso”.
En los carnavales de Maracaibo el agua siempre fue protagonista. Las mujeres se la lanzaban a los hombres en una especie de juego de provocación. También los hombres
respondían. Pero los vecinos más irascibles comenzaron a molestarse. Además, algunos bromistas combinaban el líquido con harina, huevos podridos e incluso orina, razón por la que Pérez Jiménez prohibió la tradición. El pueblo, reticente a finalizar la diversión, decidió esconder el líquido. Y fue peor. “El lanzamiento de vejigas provocó verdaderas batallas. Volaban con una velocidad que podían dejarte ciego, como ocurrió en algún caso. Se los llamaba vejigazos”, señala Iván José Salazar.
En los años 50, la fiesta se fue trasladando a los clubes sociales. Los gobernadores creaban comisiones especiales para elegir a la reina máxima del Carnaval entre las candidatas de todos los clubes. Kurt Nagel recuerda especialmente a Marianela Criollo y a Thaís Romero. “El tema de sus vestidos fueron María Antonieta y Lucrecia Borgia, que relevó al disfraz de española, con peineta y abanico, como traje de moda en la época”.
El disfraz de mamarracho o de viejito se impuso en la década de los 60. Era el más visto por las calles. Orlando Arrieta recuerda que estaba confeccionado con puros trapos viejos, telas rotas y una careta de anciano. Era muy fácil de hacer y no salía nada caro. A partir de los años 80 y 90, en plena libertad y democracia en el país, la vía de escape por falta de libertad dejó de existir. Se fue perdiendo la euforia por las máscaras, los desfiles y los disfraces porque ya no había necesidad de ocultarse.
Preparativos para la fiesta
María Trinidad Trujillo, de 78 años, no sabe qué ponerse para la fiesta de esta noche. En el asilo San José de la Montaña, donde vive desde 1999 con otros 70 ancianos, los carnavales se celebran por todo lo alto: música, visitas, bebidas y concursos. La anciana sueña con ser “la reina” este año, algo que ya consiguió en dos ocasiones anteriores. La premiaron por ser la más “bonita, coqueta y rumbera”, como ella misma asegura. Por algo la llaman “María, la bailarina” o la “Celia Cruz de Venezuela”.
A María no le entusiasmaban los carnavales. Cuando era niña, el disfraz de moda era el de negrita, pero no le gustaba mucho. A los 20 años, ya la fiesta se había trasladado a los clubes y, en Santa Rita, donde vivía, no se celebraba demasiado. Además, detestaba el bullicio callejero: “Unos locos lanzaron una vejiga de agua congelada a mi abuela y le dañaron el ojo”. Desde la puerta del asilo, adornada con collares, pulseras y anillos de colores, insiste en que “los mejores carnavales son los de aquí y ahora”, como apostando al bienestar de la tercera edad. “Y volveré a ser reina”, concluye sonriente.
Fuente: Diario La Verdad

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